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Dorrego Garrido nació de la fealdad y la cacofonía. Actualmente reside en Ciudad Gris y estudia Arquitectura. Os invita a pasar por su blog de literatura, arquitectura, a comentarlos y a proponer sugerencias. 

martes, 26 de febrero de 2013

jueves, 7 de febrero de 2013

Sonrisas

Tuve o tengo un hermano que jamás había viajado de verdad. Siempre hacía viajes organizados por agencias de turismo. Yo como firme opositor a estos tipos de viajes lo incité a que hiciera un viaje en el que tuviese una interacción con el lugar en el que estuviese.

Así fue como empezó el primer viaje de Rigoberto Garrido. Al principio pensó que podría organizar su verdadero viaje en una agencia de turismo, pero pronto se dio cuenta de que eso era imposible, así que emprendió la búsqueda de su destino. Para ello fue a los archivos de la biblioteca nacional de País Gris y en el subsuelo aséptico logró encontrar los Atlas que necesitaba. Volvió varias veces y al cabo de una semana había conseguido reagrupar páginas enteras de información sobre su destino lejano.

Cuando al fin llegaron las vacaciones, salió de viaje con su deux-chevaux. En su inicio, el viaje fue fácil, condujo por la autopista y luego, poco a poco se fue internando en las nacionales, en las regionales, hasta que llegó a las comarcales, que eran finas huellas separadas por motas de césped. Según supe, ese fue el trayecto más penoso, porque el ripio enlentecía el avance del pequeño coche. Los quilómetros recorridos por día se habían reducido logaritmicamente. El viaje se fue complicando: el auto levantaba una humareda de polvo que lo envolvía constantemente al pararse, la comida empezaba a escasear y los pinchazos de ruedas fueron   produciéndose hasta que Rigoberto se quedó sin ruedas de recambio.

Tuvo que abandonar el deux-chevaux definitivamente en el pueblo fronterizo de País Gris cuando pinchó por tercera vez y continuó su viaje caminando. Al cabo de un día, llegó al puesto avanzado de aduana del país Felicidad. Cuando los aduaneros controlaron sus papeles, mi hermano mostró con fineza su encono diciendo que en cientos de quilómetros de carretera (prefirió no decir huellas) no había encontrado ni una sola gasolinera. Los aduaneros asintieron desinterados, con una sonrisa y le contaron unas cuantas bromas mientras le validaron su visa de entrada en el país, pero Rigoberto no se rió mucho. Siempre fue un poco seco. Ya en aquel puesto fronterizo notó un ambiente extraño además de haber oído en uno de los cuartuchos, un policía que murmuraba a otro: ''Mira, yo te aprecio: trabajas bien, eres honrado y nunca he tenido problemas contigo... pero la ley es la ley y si no la respetas te voy a tener que quitar la placa... por no meterte directamente en la cárcel...''

Cuando ya marchaba hacia la capital de Felicidad, se paró al lado suyo una patrulla de policía y lo detuvo. Uno de los policías le pasó las esposas por las muñecas con una gran sonrisa y para gran asombro de Rigoberto, también le contó una serie de chistes. Lo llevaron hasta la comisaría y aunque allí fue acogido con mucha diligencia, lo metieron en una celda. A medida que avanzaban los días el trato que recibía iba siendo cada vez más humano y su humor iba empeorando; tenía la impresión de estar rodeado de seres alienados. Al cabo del tercer día los guardias viendo que la situación solo empeoraba se lo llevaron a un cuarto especial donde lo desnudaron y lo metieron en una gran bañera de agua caliente. Pese a que Rigoberto estuviese encantado con aquel baño tan agradable, lo rechazó e intentó huir pero los guardias con una sonrisa, lo metieron a la fuerza y una vez dentro el detenido ya no protestó: estaba feliz. 

No tuve más noticias de la existencia de Rigoberto Garrido.


Cámara Leica lux-c 3   El Chaltén 2010
T.B.R

miércoles, 6 de febrero de 2013

Reforma permanente del Dignísimo Diario

Estimados Lectores:

He estado inactivo durante bastante tiempo, no obstante he tenido tiempo para reflexionar. Si bien que he decidido que mis textos y fotos saldrían publicados en el Dignísimo Diario con un periodicidad mínima de dos semanas. 

Cordialmente, Dorrego Garrido.





T.B.R






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