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Dorrego Garrido nació de la fealdad y la cacofonía. Actualmente reside en Ciudad Gris y estudia Arquitectura. Os invita a pasar por su blog de literatura, arquitectura, a comentarlos y a proponer sugerencias. 

domingo, 10 de junio de 2012

Europa

Ayer viajé al futuro. Fui a Polonia, a la costa del mar Báltico, a un pequeño pueblo decaído cerca de la antigua Danzig.


En sus tiempos de gloria aquel pueblo vivió del carbón, del ámbar y de su estación balnearia que acogía la pequeña burguesía alemana. La iglesia protestante (que después de la ocupación fue suntuosamente adornada), la escuela primaria de ladrillo, y los vestuarios del balneario, sobrevivían aún en unos daguerrotipos en el museo del pueblo. Ya en esos daguerrotipos el balneario se veía bastante deteriorado: la vegetación carcomía las paredes de madera, pintadas de un blanco ásperamente desconchado por el salitre y las puertas de los vestuarios colgaban torcidas por los goznes oxidados.


Paseando por el pueblo solo apercibí unas cuantas casas grises de la posguerra, la alcaldía abandonada y la torre medieval, orgullo de los Caballeros Teutónicos, que en su cúspide ornaba un corona de antenas de todo tipo. Hacia el interior, vi o en todo caso creí ver la torre de extracción de una mina que se erguía entre los abedules. Caminé hasta la playa. Adiviné entre las dunas algunas planchas de madera que antaño hubieron de pertenecer a los vestuarios que había visto en los daguerrotipos. A lo lejos profanaba un gran barco el horizonte. El agua del mar estaba sucia. Anduve por la playa con la esperanza de encontrar algún granito de ámbar.


Imagen: An Ancentry
Me desalenté celéridamente y decidí volver a lo que quedaba del pueblo. En la pensión me invitaron a comer. Pronto entendí que la invitación era un pretexto para desahogarse, para contarme todas las penurias económicas del lugar: la población había disminuido exponencialmente, la mayoría de los jóvenes se habían ido a las grandes ciudades occidentales. Casi nadie tenía un trabajo declarado, salvo unos cuantos valientes que labraban la tierra infecunda. Me contaron bajando un poco la voz que la gente se dedicaba a la búsqueda del oro verde, el Muco. El dueño de la pensión escarbó en sus bolsillos y me sacó unos granos de Muco. Era una piedra semipreciosa verde apagada, con algunas motas rojas en su interior, llena de asperidades, de origen poco estudiado y tenía un precio relativamente alto en el mercado negro. El tamaño, el lugar inimaginable en el que se había encontrado y sobre todo la presencia de algún insecto en ella hacían variar su precio, era el nuevo ámbar del Báltico.

La señora Europa había envejecido, se había jubilado y los roles se habían intercambiado: el sector primario había retomado el sitio del idílico sector financiero [que otros llaman Casino]. Ahora en esos pueblos boreales la gente tenía que vivir del Muco.




T.B.R

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