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Dorrego Garrido nació de la fealdad y la cacofonía. Actualmente reside en Ciudad Gris y estudia Arquitectura. Os invita a pasar por su blog de literatura, arquitectura, a comentarlos y a proponer sugerencias. 

sábado, 26 de mayo de 2012

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Me llegaron noticias de aquel amigo mío, François De la Tour, pintor que había desaparecido hace ya unos años. Aparentemente, la última vez que se vio a De la Tour fue en el apartamento de un señor rico que personificaba la meticulosidad. Su empeño en las cosas más insignificantes le había llevado a ser contable de la empresa Puntual S.A. Este hombre deseaba que mi amigo le pintase de blanco todo el apartamento que acababa de comprar, en menos de una semana por un precio muy ventajoso. Sus palabras fueron:

-Me gustaría, para mi regreso dentro de una semana, que pinte de blanco todas las habitaciones de mi apartamento. Le ruego que no quede ni una solo mancha, ni un solo punto de otro color que no sea blanco.

François se organizó perfectamente, de manera que el primer día pintaría la cocina y el cuarto de baño, el segundo el salón, los cuatro días más los dedicaría a las habitaciones y el último día revisaría todas la habitaciones por si no quedaba nada por pintar.

François cumplió con lo previsto hasta el último día de la semana, cuando se dio cuenta de que había cinco puntos negros en el cuarto del señor. Dedicó todo el día a pasar pintura blanca sobre los puntos negros y para que todo quedara nivelado, ya que el señor pedía meticulosidad y precisión en el trabajo, cada vez que intentaba cubrir los puntitos, volvía a poner una capa por toda la habitación. Al final del día se le había acabado la pintura y aunque hubiese lijado como un demente, los puntos (o agujeros) negros seguían allí.

Al día siguiente volvió con el doble de pintura. El señor no había regresado. De la Tour pintó todo el día árduamente; añadía capa sobre capa hasta perder la cuenta. Le faltó pintura. Así, gastando varios botes de pintura al día, continuó durante una semana. Pensaba que era una farsa. Mientras, los puntos, seguían sin desaparecer bajo la pintura inmaculada. François lo intentó todo para ver si era un agujero: meter un dedo, un palito y hasta una aguja, pero seguía siendo un punto, de superficie paradójicamente incubrible. [En efecto, no es el Aleph].

El señor no volvía y De la Tour seguía pintando y pintando. Se estaba volviendo loco. Hasta que sin darse cuenta se quedó atrapado. En su locura, añadiendo tantas capas, había cubierto la puerta, la ventana y se había quedado enjaulado en la habitación de los cinco puntos negros.


Cámara: Leica lux-c 3  ''Tau''  2012

T.B.R




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